jueves

Cartas a mi hermano I

Me acuerdo mucho de tus travesuras, de tu sonrisa gigante, tus puteadas, la impaciencia. Me acuerdo mucho de tus ronquidos, tu risa, tu tendencia al pequeño accidente infantil, como una profecía. Tu asmática forma de respirar, tu vozarrón partiendo al medio las mañanas en el campo. Me gusta acordarme de los artificios que creamos para hacerte creer que Papa Noel existía hasta que tuviste casi nueve años; un exceso, diría yo, pero era divertido verte explotar chasquibuns con los dientes, correr detrás de los perros, terminar todo embarrado. 

A veces me levanto y me olvido de que estás muerto. Esos días son los peores.

Hay otros días peores: cuando voy a dormir, pienso en tu cadáver, los párpados violetas, la cicatriz en tu cabeza vendada. Sí, te levanté la venda, corrí esas telas bien de abuela que ponen en los ataúdes y te miré, muerto, 23 años y muerto. La realidad, un bife. Te di un beso y estabas frío, más frío que todos los inviernos de tu vida sumados y metidos en un frasco. 

Dejé en el ataúd tu autito favorito, como si te hubieses ido a jugar a un jardín secreto, como cuando de chiquito corrías a esconderte en lo huecos de los árboles, ardillita, y el barrio se desesperaba buscándote.

Te escribí una carta que no vas a leer nunca: te cuento el dolor, te cuento la bronca. Te pido perdón, te pido fuerza. Le pido fuerza a un muerto, qué lógico y qué estúpido, ¿no?




Y que vengas,
siempre estoy pidiendo que vengas.
Como esa noche, hoy también están las milanesas listas. Falta tu plato y ningún hospital va a llamar por teléfono para avisarnos lo peor.

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